La Inmaculada de Murillo

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Inmaculada Concepción, La Colosal, de Murillo

Entre la magistral y prolífica creación de Bartolomé Esteban Murillo aparece un motivo recurrente: la advocación mariana. El pintor sevillano firmó dos docenas de cuadros con representaciones de la Virgen María, algunos de ellos entre sus creaciones más brillantes, llegando a inaugurar una nueva iconografía de este tema imprescindible en el arte religioso. Desde el monumental cuadro que pintó para los franciscanos hacia 1652 y que actualmente preside la Sala VII del Museo de Bellas Artes de Sevilla, al que realizó para el Hospital de los Venerables hacia 1678, que perteneció al mariscal Soult y que regresó a España en 1940 para ser depositado en el Museo del Prado de Madrid. Así que hoy, cuando se piensa en la Inmaculada Concepción, la imagen que se nos viene a la cabeza es la que debemos atribuir a Murillo.

La Inmaculada Concepción (La Colosal) recibe el apodo por sus enormes dimensiones: 436 x 297 cm. Más de cuatro metros de alto por casi tres de ancho, razón por la que posiblemente los franciscanos la rechazaron en primera instancia por tosca. Sin embargo, cuando Murillo pidió que la colocaran en el lugar para el que se había pensado, sobre el arco de la capilla mayor del convento de San Francisco, a gran altura y distancia del suelo, la contemplación desde ese punto lo cambió todo y los clientes del pintor quisieron quedársela a toda costa.

Precisamente sus grandes dimensiones impidieron que, durante la ocupación napoleónica, la obra fuera llevada a Francia como sí ocurrió con un gran número de piezas artísticas, incluida la Inmaculada de los Venerables.